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Cuantificación: la mejor calificación

La sostenibilidad debe ser medible: si no se puede numeralizar es que no se conoce lo suficiente

Un buen día me percaté de que mi proceso formativo había sido bífido. Por un lado, recibí una formación escolástica, especulativa y casi precientífica, basada en la exégesis de textos previos e indiscutibles. Por otro, bebí de la mucho más moderna tradición tecnocientífica experimental, basada en la duda, la medida y el cálculo. Con el tiempo, fui arrinconando la primera línea, claro. Lamentablemente, veo mucha escolástica en mi entorno, aún.

Es el caso de demasiados conversos recientes, de acrítico entusiasmo desbordante. Abrazan con furor religioso y se apuntan a cualquier hipótesis, por descabellada que sea, si contradice el sistema imperante. No precisan comprobar ni discutir. Si el supuesto es rompedor y suena bien, va a misa. Es una forma de tenerse por progresista sosteniendo ideas reaccionarias, porque la falsedad siempre acaba favoreciendo a la caverna, no se olvide.

Lord Kelvin, el gran físico británico, decía que si no puedes medir y cuantificar un fenómeno es que lo conoces mal. Exacto. Sin medida no hay conocimiento científico y, pues, no hay progreso en el mundo moderno. De ahí que la sostenibilidad ha de ser cuantificable. El arte o la literatura, si bien imprescindibles, son otra cosa, porque gratifican el espíritu sin tener que gestionar la realidad. Por eso pueden prescindir de la medición; la ciencia, no.

En tiempos de crisis, los aprovechados de siempre dicen que este no es momento de monsergas; los ecologistas furibundos quieren prescindir ya de hidrocarburos y lo que haga falta. Prefieren la autosuficiencia. Yo también, ¿pero cómo lograrla? Solo forrando el país con placas fotovoltaicas seguro que no. No salen las cuentas. Las de los desarrollistas tampoco cuadran. ¿Y si, en vez de fantasía, echamos imaginación y rigor al asunto? Sería una buena forma de empezar el año.

*Artículo publicado en El Periódico el 11/01/2015

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